Cuándo comenzar.


 

Acerca de cuál sería el momento ideal o más adecuado para iniciar al niño pequeño en el aprendizaje de los misterios de la música, se ha hablado y escrito abundantemente, defendiendo criterios y tendencias diversas.

 

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Desde aquellos que consideran indispensable una mínima madurez que el flamante estudiante solo podría alcanzar alrededor de los siete años de edad, para introducirlo entonces en programas de rigor académico para su formación profesional a largo plazo como instrumentista; hasta los que defienden el temprano acercamiento del pequeño, siguiendo diferentes rutas, a los más comprensibles o asimilables rudimentos del arte de la combinación de sonidos y silencios.

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Actualmente, parecen concordar los estudiosos del tema, en que todavía inmersa en su acuoso medio, aún antes de nacer, la criatura es capaz de percibir sonidos producidos fuera del vientre materno; lo cual implicaría de hecho, que desde entonces podríamos influir en la calidad de su incipiente experiencia auditiva, si proporcionáramos a la madre un ambiente sonoro adecuado en su entorno durante el embarazo. Estaríamos en presencia entonces de un proceso de audición-aprendizaje del feto durante la época de la    preñez materna.

El recién nacido, que inicialmente no ha agudizado el sentido de la visión, va a depender más para su elemental orientación en el nuevo ambiente exterior, durante esa primera etapa, del sentido del oído, amén del olfato para identificar sobre todo a mamá; por lo cual, el entorno sonoro va a jugar un papel fundamental en el desarrollo de la capacidad de comunicación que comienza a desarrollarse en esa personita, y seguirá siendo ya así por el resto de su vida.

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Los niños de solo meses de edad se sienten atraídos por los colores llamativos y los sonidos agradables. Su capacidad auditiva se ve especialmente condicionada por los estímulos afectivos, por la posibilidad de comprensión de elementos que le rodean y por la satisfacción complaciente.

 

Durante sus primeros años, el niño va logrando aumentar su habilidad manual y la coordinación de la actividad cerebro-visión-manos, lo que facilita el empleo de la combinación de objetos, colores y sonidos como recursos didácticos para la enseñanza de la música y para la ampliación de todo el diapasón de su sensibilidad ante lo bello, base primordial de su formación estética como individuo adulto.

 

Para este niño, el disfrute de la emisión de sonidos agradables a su oído o provocadores de su emotividad conduce al placer de escuchar música de similares características y de producir por sí mismo sonidos agradables a su sentido. La selección de sonidos acordes a su preferencia, capaces de evocarle determinadas circunstancias vividas, recuerdos o emociones, o  de conllevar a la sorpresa, otro camino para la fijación de experiencias, actuará como un mecanismo que irá aumentando su arsenal emotivo; así como sus posibilidades expresivas. El plan resulta entonces, acercar al niño a la posibilidad de producir esos sonidos por sí mismo mediante la manipulación de elementos componentes de instrumentos sonoros acondicionados al efecto, donde pueda descubrir, distinguir y seleccionar diferentes tonos y establecer ritmos de su propia elección, para dar cauce a su expresividad musical personal.

 

En nuestra próxima conversación, nos extenderemos en el tema de cómo hacer en la enseñanza de la música a nuestros niños pequeños.

Los espero.

Orlando.

Publicado en Temas de Interes.

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